Lo que nos enseña nuestra información genética

Por Moises Sandoval
Servicio Católico de Noticias

Mientras circulaba saludando a los invitados durante la fiesta de la boda de mi hija mayor hace unos veinte años, una mujer me dijo: “Usted se parece a un judío pero se porta como un italiano”. No supe cómo responder, pero ahora sí sé porque tengo el análisis de mi ADN, mi información genética.

Toda la humanidad, nuestra información genética nos enseña, tiene un ancestro común, nacido hace cientos de miles de años atrás en África. De esa sola persona vienen todas las razas y etnologías del planeta.

Y como nos dicen las Escrituras, cada ser humano es creado en la imagen y semejanza de Dios. No hay extranjeros entre los humanos; todos pertenecen aquí. Para Dios, el concepto de “otros” no existe; esa es una categoría del pensamiento humano, que hace extranjero del nativo, enemigo del amigo, “aquellos”, los “otros” de nosotros.

Moises Sandoval (CNS)

Cada ser humano representa no una etnia sino muchas. Mi ADN muestra que vengo de 17 regiones etnológicas, incluso seis en Europa, cuatro en Norte América, tres en Centro y Sur América y cuatro de Asia. Somos, entonces, ciudadanos de todo el mundo, como debe ser. No hay ningún lugar que no es nuestro hogar, ninguno donde somos extranjeros.

Todo el planeta es nuestro hábitat, y, como enfatizan las Escrituras, cada ser humano tiene el derecho fundamental de migrar para buscar el sustento para sí mismo y su familia. Eso es lo que hemos hecho por dieses de miles de años.

Mi ADN masculino surgió en una región de Asia Central entre el Mar Caspio y el Hindú Kush entre 10,000 y 34,000 años atrás. Mi ADN femenino originó en Eurasia 30,000 años atrás y vino a las Américas con los indígenas, los primeros habitantes en estos continentes.

Tristemente, los hispanos en Estados Unidos históricamente han sido agregados a la categoría de “otro”. Después de la intervención estadounidense en México en los 1840s, los Estados Unidos se apoderó de la mitad del territorio mexicano, habitado por 250,000 indígenas y 75,000 personas que tenían por lo menos algo de etnología latina. Por medio del Tratado de Guadalupe-Hidalgo, firmado en 1848, esta gente, que incluye mis antepasados, recibió ciudadanía en Estados Unidos.
No obstante, pronto se puso claro que no había intención de cumplir con ese proviso del tratado. Los angloamericanos rehusaron aceptar a los latinos como sus iguales.

Estaban de acuerdo con el filósofo político John C. Calhoun que sólo “la raza libre blanca” debiera ser admitida a la Unión. Muchos también estaban de acuerdo con angloamericanos en California que estaban dispuestos a permitir habitantes no-blancos “pero sólo si ellos tenían pocos derechos humanos o carecían totalmente de ellos y si se podían considerar sin disputa haber nacido inferiores”.

Escribiendo sobre esa época, el novelista James Michener reportó que en el pasado, a los “niños anglo se les enseñó que los indígenas no eran humanos, ahora se les enseñaba que los mexicanos eran menos (humanos)”.

No obstante, todos contribuimos algo al otro. Celebramos lo que brindamos al país, y especialmente damos gracias a Dios que todavía estamos aquí, dispuestos a abrazar al “otro”, y contribuir nuestra diversidad.

Yo soy 49 porciento europeo: 17 porciento ibérico, 12 porciento irlandés, 12 porciento griego e italiano, y 2 porciento de cada una de estas etnias: Británica, Judía Europea, Escandinavia e Europa del Este; 35 porciento indígena americano; 7 porciento norafricano; 5 porciento asiático central; 4 porciento medio oriental. También tengo ADN armenio, sirio-libanés, polinesio y filipino.

Si hubiera sabido todo esto durante la boda de mi hija, hubiera respondido cuando me dijeron que parecía judío, pero me portaba como italiano: “Claro, pues soy judío e italiano, y mucho más”.

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